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Si buscas un lugar donde el tiempo corre lento, donde el ruido de la ciudad se disuelve en el aroma del olivar y la arquitectura popular te abraza, ese lugar, alhaja, es Casasbuenas.

Su propio topónimo, que parece venir de la repoblación por castellanos viejos en el siglo XII, nos cuenta una verdad sencilla y hermosa: aquí se vino a fundar un lugar de buenas casas donde vivir con sosiego.

Aunque celtíberos y romanos dejaron su huella, la alquería de Casas Bonas no cobra vida hasta el siglo XIII. Su gran momento de esplendor llega en el siglo XVI, asentada ya firmemente en la dehesa de Beja Muñoz y rodeada de las importantes dehesas de La Higueruela y Santa Catalina. Sus tierras, en manos de la nobleza como doña Isabel de Castilla, fueron la base de la vida y el sustento de sus vecinos.

Casasbuenas es una caricia al alma. Aquí la historia no se grita en piedra, se susurra en cada olivo y se duerme en la sencillez de sus tejados.

Recorrer sus calles de arquitectura popular es disfrutar de un verdadero remanso de paz. Aquí el visitante podrá conocer el sabor tradicional de pueblo y desconectar, que falta hace.

Iglesia Parroquial de Santa Leocadia

Elevada en el siglo XVI, el de mayor auge de la villa. Esta iglesia es un punto de encuentro y de fe, testigo de siglos de cosechas y celebraciones. Su solidez te invita al recogimiento, a parar un rato y sentir la fe sencilla de sus gentes.

Casa-Palacio de Diego López de Ayala

La presencia de esta casa-palacio en el corazón de la localidad nos recuerda que, a pesar de su humildad, Casasbuenas atrajo a la nobleza y a personajes importantes. Es un contraste hermoso: la sencillez de la vida rural junto al porte de una casa solariega.

Casasbuenas se acuesta en el regazo de la llanura, donde el horizonte se estira sin prisa. Es un mar sin olas, solo olivos de plata infinita que le roban al sol su brillo para volverse aceite y vida.

El Horizonte y la Sierra

Este paisaje tranquilo contrasta bellamente con las elevaciones montañosas que se divisan a lo lejos: la sierra de Noez y la sierra de Layos. Es un horizonte amplio, de esos que te llenan la mirada y te recuerdan la vastedad de La Mancha.

Arroyo de Guajaraz

¡Busca el sonido del agua! El arroyo de Guajaraz, afluente del Tajo, discurre por su término municipal, enriqueciendo la flora y fauna locales. Es un pulmón verde donde la naturaleza te da un respiro.

Todo el entorno se convierte en el lugar perfecto para el ecoturismo. Sus caminos, que cruzan importantes dehesas, son ideales para el cicloturista o el senderista. Son paseos fáciles y tranquilos donde observar el olivar, que domina el paisaje, orgulloso de estar incluido en la D.O. Montes de Toledo. Las actividades de ecoturismo que se ofrecen permiten diversificar la visita, haciendo de Casasbuenas un destino de naturaleza plena.

Más allá del senderismo y el cicloturismo, infórmate sobre las actividades de ecoturismo que se organizan. Pueden ser rutas de observación de aves, talleres de aceite o visitas a almazaras.

Aquí el caminar es una oración laica. Cada paso se da sobre la tierra firme, entre olivos milenarios que son los verdaderos guardianes del silencio manchego.

Tras pisar el alma de la tierra, llega el momento de saborearla…

En Casasbuenas, la gastronomía está indisolublemente ligada al campo. El producto estrella, sin duda, es el aceite de oliva virgen extra con Denominación de Origen Montes de Toledo. No te vayas sin probar y comprar un buen aceite: es el oro líquido de su tierra y el mejor recuerdo que puedes llevarte.

No te conformes con llevarte solo el recuerdo. Empapa tu pan en el aceite de sus olivos, ¡que sea el bálsamo divino que cure el alma y alegre la mesa al volver a casa!

Busca en las tiendas locales miel, queso y los dulces tradicionales que acompañan al café en cualquier cocina manchega.

Que el aroma del olivar te acompañe siempre y que este remanso de paz te espere tranquilo para tu regreso. ¡Hasta pronto, alhaja!

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